El 18 de diciembre de 2025, la policía desalojó el histórico centro social Askatasuna (Libertad en vasco) en Turín, que había sido ocupado desde 1996. Tras una primera manifestación convocada inmediatamente después del desalojo, se difundió una convocatoria para una segunda gran manifestación el 31 de enero.
Los periódicos informan que 50 000 personas salieron a las calles. En Corso Regina Margherita, la calle donde se encontraba el centro social, los enfrentamientos con la policía se prolongaron durante varias horas. Un vehículo blindado fue incendiado; en las redes sociales circularon vídeos en los que se veía a un policía, que se había quedado solo, siendo golpeado por los participantes en la manifestación. En general, la marcha se caracterizó por una intensidad de enfrentamientos que es extraordinaria en la Italia actual.
Algo está cambiando en el panorama italiano. El movimiento pro palestino que estalló en apoyo a las flotillas que navegaron hacia Gaza en otoño de 2025 atrajo a millones de participantes a las calles, incluida una nueva generación que nunca antes había participado en acciones directas. Los acontecimientos del mes pasado en Turín demuestran que este impulso no ha disminuido. Mientras el autoritarismo gana poder en todo el mundo, también vemos signos de una ira incontrolable en la población general.
A continuación, presentamos una reflexión sobre la manifestación del 31 de enero que apareció recientemente en italiano.
1. El mejor legado que la tradición de los centros sociales podría dejar a las generaciones más jóvenes es una furiosa conmemoración de su funeral.
El 31 de enero fue varias cosas a la vez. Fue una marcha masiva y transversal, la recomposición tardía de las diversas piezas de una izquierda antagónica en crisis, aplastada entre el avance de la derecha reaccionaria y la absoluta imbecilidad política del frente progresista, un último suspiro de la larga experiencia de los centros sociales que ahora llega a su fin. Un último suspiro de una trayectoria que sin duda encontró una de sus expresiones más conflictivas en el centro social de Turín [Askatasuna], pero que parece estar atrapada en una espiral descendente imparable desde hace ya algún tiempo. No escribimos esto para arremeter contra los restos de esa entidad conocida como el movimiento, para señalar sus limitaciones o errores. Más bien, queremos dejar claro lo que vimos el día 31, más allá del previsible desarrollo de una marcha nacional en la que participaron centros sociales, la izquierda difusa y el entorno social que se ha reunido en torno a la batalla para defender la Flotilla Sumud.
En las calles de Turín había miles de jóvenes que no pertenecen a colectivos, estructuras o grupos militantes. Había gente de veintipocos años, en muchos casos incluso más jóvenes, que al final del Corso San Maurizio, al acercarse a las barricadas policiales, se disfrazaron, formaron un black bloc con determinación y se prepararon para luchar. Atacaron a la policía, resistieron las cargas policiales, las repelieron avanzando y retrocediendo, metro a metro, durante dos horas completas. Estas no son cosas que se vean todos los días. Estos compañeros y compañeras se sintieron atraídas por el mundo de la política radical, quizá saliendo a la calle por primera vez con las protestas por Palestina, y sintieron una llamada irresistible para venir a Turín.
¿Por qué? En muchos casos, se trata de personas que, debido a su edad, ni siquiera han vivido en primera persona la historia de Askatasuna ni de ningún otro centro social, pero que, sin embargo, han respondido a una llamada que no es una expresión de oposición al Gobierno, un discurso político específico sobre la economía de guerra o los recortes en los servicios públicos, sino más bien la promesa de una explosión de ira, una revuelta, un acontecimiento que alteraría el equilibrio de poder, al menos por un día.
La experiencia de la confrontación nos transforma y nos abre a nuevas posibilidades: lo que la política de movimiento puede hacer es dejar el campo abierto para que estas posibilidades tomen forma y espacio.
2. El victimismo no sirve de nada; necesitamos expresar una narrativa de los hechos que restaure su poder.
Basta ya de avergonzarnos por existir. Los fascistas expresan sus ideas con virulencia desenfrenada; están a la ofensiva en todos los campos y en todas las latitudes. Por otro lado, la izquierda es la expresión más pura del moralismo impotente, y esta es la otra cara del resurgimiento fascista, la cara que durante décadas les ha cedido terreno, por cobardía y estupidez, allanando el camino para su victoria. Pero a la izquierda no le basta con estar derrotada; quiere arrastrar a todos los demás a su amor morboso por la derrota y la impotencia. Por eso, ante el primer indicio de ira y levantamiento, se entrega a condenas histéricas e incoherentes: o bien niega la realidad del levantamiento, o bien lanza furiosas condenas. Ante este aluvión de mentiras, debemos mantener la lucidez.
Las personas que salieron a la calle no son víctimas de la violencia policial, que es una realidad constante y despiadada, sino que han decidido valientemente enfrentarse a esta violencia, prepararse para ello y devolverla al remitente en la medida de lo posible. Intentemos dignificar esta conducta, la de la rebelión abierta, que es el acto político por excelencia, del que brota todo lo demás. Las razones del levantamiento son innumerables: se acumulan en el trabajo, en la calle, en la familia, en la universidad, durante un control de identidad. Se encuentran en las condiciones insoportables en las que vivimos cada día, en un futuro catastrófico que se impone cínicamente a las generaciones más jóvenes. En Corso Regina, los enfrentamientos comenzaron antes incluso de que llegaran las primeras filas de la marcha, defendidas con escudos y cascos. Muchos, para ganarse el favor de la izquierda, jugarán la carta de la víctima, enfatizarán la violencia de la policía en las calles y llegarán incluso a distorsionar los hechos hablando de una marcha indefensa que fue repentinamente atacada por la policía sin motivo alguno.
Para quienes estuvieron allí, todo esto solo puede parecer ridículo. Lo que sentimos cuando vimos las espaldas de la policía antidisturbios, cuando vimos sus vehículos en llamas, no puede representarse en la celebración de la derrota, y tal vez no pueda representarse en absoluto. De la voluntad de responder y de la intensidad del levantamiento puede surgir un poder político capaz de estar a la altura del desafío del presente.
3. La división entre quienes defienden esta sociedad y quienes se rebelan es una guerra entre mundos. No hay lenguaje ni lógica comunes.
Ahora hablan de él y escriben sobre él, el psicólogo, el sociólogo, el idiota. Y hablan de él y escriben sobre él, pero él siempre permanece clandestino.
—G. Manfredi, «Dagli appennini alle bande»
El silencio es amenazante, es un distanciamiento que se acumula, no da señales comprensibles, al final explota […] Quieren que hablemos. Pero no tenemos nada que decir en los lugares que nos han asignado. Su política, su cultura, son autodenuncias. Nosotros permanecemos en silencio. Un silencio amenazador de alienación, de absentismo, de rechazo, de apropiación espontánea, la latencia de una nueva explosión en ciernes.
—Collettivo A/Traverso, Alice è il diavolo
Es imposible salvar la brecha entre quienes salieron a la calle de forma ofensiva y quienes, pertenecientes al mundo de la opinión pública, la cultura y la clase política, simplemente demostraron impotencia, servilismo y demencia (senil). La diferencia entre la experiencia de los primeros y la cobardía de los segundos es demasiado profunda para que haya algún tipo de entendimiento; es inútil intentar debatir, ya que las justificaciones solo darían vueltas en círculo. No hay un lenguaje común, ni tampoco una realidad común. Lo que enfurece al mundo progresista de una clase dirigente que ya no tiene ninguna credibilidad moral o intelectual, ni siquiera un sentido básico de la decencia, es la falta de voluntad de esta generación para dialogar, para entenderse, para malgastar palabras. Es un silencio amenazador que ha caracterizado a los movimientos subversivos, cíclicamente, durante mucho tiempo, pero que hoy vuelve con fuerza. Una opacidad y un silencio amenazador que hacen estallar la máquina neutralizadora del reformismo, revelando su naturaleza fascista y obligándolo a adoptar abiertamente los tonos histéricos de la peor retórica policial: porras, orden, condenas unánimes y santa inquisición.
Pero, ¿cómo podemos hablar con quienes permiten que el genocidio se retransmita por todo el mundo, con quienes niegan las pruebas del colapso ético y existencial, antes que el biofísico, de esta civilización, con quienes ocultan con esmalte de uñas de colores un desastre que empeora cada día? ¿Cómo podemos hablar con quienes falsifican el significado de las palabras hasta el punto de borrarlo por completo? La verdad es que esta sociedad no tiene nada que ofrecer y, sobre todo, no tiene ningún significado que pueda hacer que la vida valga la pena, no tiene más recursos subjetivos que la rapacidad, los privilegios y el nihilismo más inmoral y cobarde. Así que es mejor que no entiendas el torrente de afecto, emoción, solidaridad y fuerza colectiva que se desata en un día como el 31. Adelante, sigue adornándolo con historias inverosímiles y clasificaciones tan estúpidas que solo tú puedes creerlas. Siempre intentaremos estar en otro lugar que no sea donde nos buscas.
3b. El retrato robot de quienes se rebelan, la catalogación de los sujetos en el terreno, es un trabajo policial que debe rechazarse, venga de quien venga. Alejarse de esta lógica es una medida básica de higiene y estrategia.
«El esfuerzo por identificarnos según la lógica probada y comprobada de dos siglos de contrarrevolución resulta ridículo y vergonzoso para cualquiera que quiera encerrarnos en una fórmula, con el fin de entregarnos más fácilmente a los muros de la prisión».
—Puzz, «Provocazione» (1974)
Si los torpes intentos de la prensa, los políticos y los autoproclamados intelectuales tienden a presentar un determinado perfil, a señalar a un sujeto responsable de los enfrentamientos, aprovechemos su estupidez y apreciemos la opacidad que nos garantiza. Los periodistas y diversos creadores de opinión derretirán las pocas neuronas que tienen en un intento por «entender a estos chicos», «aislar a los violentos del resto de la marcha» o lanzarse a lecturas trilladas y mal digeridas sobre la psicología de las multitudes. También nos veremos atrapados entre quienes intentarán etiquetarnos con etiquetas igualmente molestas y, sobre todo, quienes comparten la misma forma de entender el mundo: «Las calles se llenaron de un gran frente contra el gobierno de Meloni», «por fin aquí está el nuevo y verdadero sujeto político (después de los Maranzas,1 la generación Z, los ecologistas, la convergencia de luchas, los trabajadores del conocimiento, los trabajadores de la logística, los jóvenes, los precarios…),» tronarán desde las alturas de sus edificios ocupados que apestan a vejez.
Da igual si este frenético y ridículo trabajo de identikit tiene como objetivo reprimir, encarcelar y demonizar, o comprender las razones, explicar, recuperar y, ¿por qué no?, sanar. Rechacémoslo. Las personas que se levantan forman parte de un pueblo desaparecido, un poder anónimo e inclasificable que solo se definirá a través de la estrategia política y la coherencia ética que seamos capaces de organizar. Cuándo y cómo depende totalmente de nosotros.
4. El regreso de los disturbios es siempre el regreso de la organización autónoma en grupos.
Unos pocos amigos hablan entre sí, se crean pequeños grupos y se vuelven anónimos. La policía es atacada mucho antes de que los agentes con escudos lleguen a los primeros camiones. Durante dos horas, los grupos continúan atacando, moviéndose, tratando de sortear los obstáculos y tomar por sorpresa al adversario. Esto es inusual en este país, pero ya ha ocurrido en otras ocasiones. De hecho, casi se podría aventurar a decir que cuando algo sucede, sucede precisamente de esta manera. Los grupos aparecen y desaparecen; los vimos en el movimiento de autonomía posterior a 1968, en Génova a principios de este milenio [es decir, en la movilización violenta contra la cumbre del G8 de 2001], y de nuevo el 15 de octubre, en 2011 en Roma y en las plazas contra el confinamiento. Cuanto más tiempo pasa, más huérfanos quedan estos grupos de una tradición política tan pesada como una roca: son los descendientes del movimiento obrero que fue derrotado hace 50 años, lo que hace que el terreno tras las cargas sea similar a arenas movedizas. Para algunos, esto es un duelo, una desgracia caída del cielo durante la gloriosa y centenaria marcha hacia el socialismo; para nosotros, es aire fresco.
Aunque la avenida central de Corso Regina estaba muy concurrida, las calles laterales despejadas ofrecían interesantes perspectivas de ataque. Sin duda, desde el punto de vista táctico, hay mucho margen de mejora. Pero no importa, el tiempo está de nuestro lado. Aprenderemos de nuestros errores.
4b. No hay agitadoras externos, sino una conciencia de lo que está en juego a nivel internacional.
«Había franceses, españoles y griegos». «Los violentos vienen de toda Europa». Para muchos políticos y periodistas, uno de los puntos centrales de la historia es la presencia de personas no italianas en las manifestaciones. Se utiliza una confusa mezcla de teorías conspirativas (sobre personas infiltradas) y delirios sobre modelos organizativos paramilitares para explicar lo que, a fin de cuentas, es un simple hecho. La acumulación de experiencias de ciclos pasados de levantamientos en todo el mundo contribuye espontáneamente a tejer una red de contactos y amistades que trasciende las fronteras nacionales. ¿Es esto tan extraño? Una de las críticas más comunes contra los protagonistas de los disturbios es que buscan una salida efímera e instintiva a sus frustraciones existenciales, sin molestarse en construir una perspectiva política.
Pero la posibilidad de que esos momentos se transformen en una fuerza política sólida y duradera depende precisamente de la consolidación estratégica de experiencias, relaciones y técnicas. El hecho de que el internacionalismo se haya convertido en una palabra malsonante o en una acusación criminalizadora incluso para la izquierda es solo otra señal de su avanzado estado de esclerosis. Sería ridículo denunciar la catástrofe en curso si no se tiene la ambición de organizarse como una fuerza global.
5. La revuelta lo cambia todo porque bloquea la máquina infernal de la izquierda y la derecha, el aparato contrarrevolucionario que está llevando al poder a los fascistas en todo Occidente.
Vivimos en una época histórica de contrarrevolución desenfrenada. Con el fin de una larga serie de levantamientos e insurrecciones que sacudieron el mundo en varias ocasiones, al menos hasta 2019, el espectáculo que se nos presenta es bastante sombrío. La sumisión absoluta de la izquierda a la agenda del capitalismo cibernético y ultraliberal [en el sentido de neoliberal], aderezada con un ostentoso desprecio por cualquiera que no se doblegue a los dictados del progreso, el mercado o el razonamiento democrático, ha allanado inexorablemente el camino para la victoria absoluta de la peor derecha fascista. Desprecio por el atraso y la irracionalidad de quienes se rebelan, ya sean automovilistas de los chalecos amarillos [una referencia al movimiento francés gilets jaunes], agricultores o quienes se niegan a cumplir con la vigilancia sanitaria, ha sido un ingrediente decisivo para allanar el camino hacia esta victoria. Esto ha llegado a tal punto que la derecha —ahora en el Gobierno— ha logrado, a lo largo de décadas, revestirse de las banderas del pensamiento alternativo, de la protesta, e incluso apropiarse de la palabra «revolución».
Como consecuencia de querer encarnar el frente del Bien y el Orden, la izquierda es la única responsable de las actuales tendencias fascistas y de su constante fortalecimiento. No solo eso: el llamamiento a unirse en un campo antifascista bien alineado y razonable, en nombre de la contención de la plaga fascista y el peligro autoritario, alimenta aún más un círculo vicioso en el que la izquierda y la derecha se apoyan mutuamente en su función contrarrevolucionaria.
Esto no es nada nuevo en la historia: la derecha avanza con audacia, mientras que la izquierda expresa su naturaleza en la defensa conformista del orden y la normalización institucional. El resultado es que cualquier discurso político que pretenda intervenir en la esfera pública, atrapado en esta máquina contrarrevolucionaria, es inmediatamente aplastado y convertido en incomprensible o bien reabsorbido en uno de los dos polos. En este sentido, las formas de rebelión callejera, atacadas desde todos los frentes y desde todos los lados, son un gesto que sirve para mostrar en la superficie la evidente solidaridad entre todos los componentes de la máquina gubernamental y propagandística, entre todas las versiones de la esfera pública. Al sacar a la luz el hecho de que los fascistas y los progresistas representan una falsa alternativa, que las manifestaciones por Palestina solo habían iluminado parcialmente, los disturbios muestran la posibilidad de una oposición política efectiva, de prácticas y comportamientos que, aunque todavía embrionarios, pueden liberar espacio para algo mejor. Algo más serio y más emocionante, que insistimos en llamar posibilidad revolucionaria.
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5b. Solo los disturbios callejeros tienen poder para responder a los fascistas.
Hemos dicho que la izquierda ha fomentado el apoyo a los fascistas durante décadas. Ahora nos enfrentamos a la paradójica situación en la que estos personajes señalan los ataques a la policía y los disturbios callejeros como una ventaja objetiva para las fuerzas de represión, represión que ellos mismos apoyan abiertamente. Es inútil malgastar saliva respondiendo a estos desgraciados. Simplemente destacaremos algunas constantes históricas que son obvias para cualquiera que no esté completamente ciego. En 2020, tras el asesinato de George Floyd, vimos cómo una explosión de ira violenta sacudía la ciudad de Minneapolis y los Estados Unidos de Donald Trump. Esto provocó el incendio de comisarías y vehículos policiales, así como ataques y saqueos generalizados. El mundo democrático y progresista, en Estados Unidos y en todas partes, se apresuró a hacer pasar por un «movimiento pacífico» lo que, según todos los relatos creíbles, fue en realidad un levantamiento insurreccional. La neutralización, el borrado y la represión desempeñan un papel en el esfuerzo por ocultar la posibilidad subversiva que destella en estos momentos.
El resultado político del borrado y la rehabilitación del levantamiento es ahora evidente para todos. Disimularlo como oposición pacífica no ha impedido que el trumpismo regrese con más fuerza aún: domesticar la ruptura no solo es contraproducente, sino peligroso. Sin embargo, los acontecimientos de 2020 no fueron en vano, porque está bastante claro que el recuerdo del levantamiento no es ajeno a las formas de resistencia que están apareciendo hoy en día en desafío a la ocupación militar de muchas ciudades y a las redadas fascistas que está llevando a cabo el ICE. En la propia Minneapolis, el escenario de guerra civil cada vez más abierto ya ha dado lugar a algunos asesinatos a sangre fría. Las personas que han estado al frente de la obstrucción de las detenciones, tratando de entorpecer las operaciones policiales e infringiendo la ley, han dado ejemplo de resistencia valiente y eficaz. En un contexto de escalada de la violencia represiva y la reacción, resulta aún más evidente que el coro democrático es inútil.
Dejamos a usted lectora solo dos preguntas: ¿quienes arriesgan sus vidas para salir a las calles de Minneapolis se parecen más a los jóvenes que tuvieron el valor de enfrentarse a la policía en Turín, o más a los comentaristas moralistas que los condenan desde sus casas? Si la red de organización y solidaridad que se está formando en torno a los disturbios, en lugar de ceder al chantaje del retorno a la normalidad, perfeccionara sus medios y se organizara para resistir, ¿sería realmente absurdo imaginar un proceso de transformación más radical y profundo? Sabemos por nuestra propia experiencia que el fascismo sufrió reveses precisamente cuando estallaron los disturbios; cuando la izquierda intervino, el fascismo triunfó. Weimar docet. [«Weimar enseña», en referencia a la república que prevaleció antes de que los nazis llegaran al poder en Alemania]. A lo largo de la historia, y aún hoy, lo contrario de la derecha no es la izquierda, sino la revolución.
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5c. La teoría conspirativa sobre los infiltrados es una operación policial acorde con los tiempos, es decir, completamente inverosímil y mal ejecutada.
Es obvio que existen personas infiltrados; los grupos revolucionarios los han descubierto y expulsado en innumerables ocasiones, y podríamos citar muchos episodios. En ningún caso, y es realmente desalentador reiterarlo, «personas infiltradas» pueden determinar el resultado de una marcha, reunirse en grupos de varias cientas personas con una clara y evidente voluntad de enfrentarse a la policía, situarse casualmente en primera línea y, mediante sofisticadas herramientas de control psicológico, obligar al resto de la marcha a seguirlos, apoyarlos y no abandonar la plaza. Esto fue evidente en 2001 en Génova, fue evidente en 2011 en Roma y es evidente en 2026 en Turín. Además, el 31 de enero fue una de esas ocasiones en las que la desconexión entre quienes se involucraron personalmente en el enfrentamiento y el resto de personas manifestantes fue mínima; casi nadie huyó y casi todos comprendieron las razones de lo que estaba ocurriendo. Quienes piensan que esa dinámica podría atribuirse a la infiltración tienen el cerebro devastado por la exposición constante a la estupidez de los medios de comunicación y las tecnologías digitales; si ese fuera el único problema, podríamos responder con tolerancia compasiva. No todo el mundo es capaz de envejecer propiamente.
Pero el problema es que las acusaciones de infiltración, cuando se arraigan, crean fantasmas colectivos que en muchos casos ayudan a la labor de la policía, fomentando actitudes de sospecha y condena. Sería bueno que estas tonterías llegaran a su fin, por prudencia y por conciencia de lo ridículo que resulta, si no por lucidez.
6. Una aclaración terminológica sobre el significado de valentía y cobardía.
Una de las expresiones más odiosas de la descarada distorsión lingüística orwelliana que caracteriza el discurso público es lo que oímos sobre la cuestión del valor de boca de muchos políticos y periodistas. Estamos acostumbrados a un vocabulario en el que cada palabra se utiliza para significar lo contrario: la paz es el reinado de la economía de guerra, la economía verde envenena el Planeta y la civilización consiste en la sumisión, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno y seguir adelante sin mirar atrás mientras se cometen todo tipo de injusticias y violencias a un paso de distancia. Si no nos hubieran educado de manera tan sistemática para utilizar el lenguaje de esta manera, nos sorprendería escuchar a políticos y ministros en sus elevadas posiciones llamar «cobardes» a los y las jóvenes que salieron a las calles el sábado. Es algo que nos hace hervir la sangre.
Intentemos imaginar la siguiente situación: alguien que se enfrenta a horas de gases lacrimógenos lanzados a la altura de los ojos y a continuas cargas policiales, con el riesgo de sufrir lesiones considerables y acabar en la cárcel, para plantar cara a las fuerzas policiales armadas y hiper equipadas de un Estado; a esta persona se la puede llamar cobarde. Los mercenarios que actúan con absoluta impunidad para defender el orden imperante son, por otro lado, un ejemplo de valentía, al igual que los burócratas y los políticos que emiten juicios morales sin haber corrido nunca ningún riesgo en sus vidas. Bastaría con detenerse en esta comparación y reflexionar sobre los términos para darse cuenta de lo poco que se entiende.
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6b. Calificar el episodio del policía en el suelo como un ejemplo de «violencia salvaje» significa no saber lo que es la violencia.
Un policía antidisturbios acaba en el suelo mientras intenta excederse durante una carga. El resto del pelotón lo abandona sin pensarlo dos veces. Algunos manifestantes le dan patadas durante unos segundos y, en el calor del momento, también recibe un golpe bien dirigido en la espalda con un martillo. Un acto básico, mesurado, justo y justificado de defensa propia. Dos días después, ya ha sido dado de alta del hospital, casi ileso, lo que sin duda no habría sido el caso si hubiera sido «apaleado». Sin embargo, esta es la versión que presentan los periódicos y la narrativa oficial: un ataque furioso y salvaje de violencia despiadada que horroriza.
La distorsión es tan flagrante que habla por sí sola, pero aún así vale la pena decir algunas cosas. Primero: después de soportar tanto, el deseo de vengarse y contraatacar es un síntoma de un instinto vital fácil de entender. Los que golpearon al oficial en el suelo, impidiéndole golpear a los manifestantes, se defendían a sí mismos y a los demás. Y hay que darles las gracias. Lo mismo ocurre con todos aquellas personas que distribuyeron Maalox (para tratar los efectos de las armas químicas), ayudaron a quienes les rodeaban y protegieron al resto de la marcha de todas las formas posibles. El ciudadano de a pie que se indigna por los pocos golpes que recibió el policía es víctima de una identificación masoquista con su propio verdugo; su problema es psicopatológico más que político.
En un momento de la historia en el que la palabra «revolución» se utiliza para referirse a las cosas más extrañas, hasta el punto de que incluso el jefe del Gobierno calificó a los manifestantes del sábado de «pseudo-revolucionarios», ¿puede explicarnos en qué revolución los guardianes de la ley y el orden no recibieron, como mínimo, una buena paliza?
¿Qué se puede hacer después de un día como el 31? Una vez finalizado el evento, hay al menos dos actitudes posibles hacia su legado.
Se podría decir: «solo estábamos jugando», para intentar hacer más aceptable la intensidad y la violencia de algo que nos abruma, que es peligroso y que podría tener consecuencias imprevistas. Consecuencias no solo en términos de acusaciones penales o medidas represivas, sino también en la alteración de las formas organizativas familiares o en su crisis, al hacer imposible reproducir los modos de acción política que eran habituales hasta el día anterior.
Las alianzas políticas basadas en la unanimidad se están desmoronando, la propaganda enemiga está socavando el consenso al demonizar las prácticas más ofensivas, y nos encontramos en una posición incómoda. La primera opción consiste en intentar reconstruir este consenso mediante la reconstrucción de una gran familia única, para reducir la experiencia de la confrontación —en sus aspectos más perturbadores— a una narrativa diluida y tranquilizadora que se adapte a los gustos de todos. La táctica de la recomposición a posteriori, que busca reparar las divisiones, intenta restar importancia al ataque contra la policía y enfatiza la violencia contra los manifestantes, con el fin de volver a ocupar el papel de «los buenos» en el frente común contra las políticas gubernamentales. Se trata de una táctica que encontrará —con dificultad— cierto apoyo en parte del mundo intelectual y político, pero dudamos que llegue muy lejos. Las imágenes del desorden siguen demasiado vivas en la mente de todas. Lo peor es que esa actitud crea una desconexión paralizante en quienes vivieron ese momento y recuerdan bien lo poco «defensiva» que fue la explosión de ira colectiva.
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Una segunda forma de reaccionar es más parecida a una apuesta: es más arriesgada, porque tener todas las voces y opiniones en tu contra nunca es una posición cómoda. Pero también es más auténtica y emocionante. La segunda opción es decirles a los y las jóvenes que lucharon en las calles que lo que ocurrió es un asunto serio, que la destrucción tiene su propia lógica política, que se puede creer en la intensidad de esa experiencia y organizarla en posibilidades concretas y generales. Hablamos de la resistencia contra el ICE en Estados Unidos, que representa, al menos en parte, una imagen de nuestro futuro inmediato, marcado por la guerra civil y la crueldad fascista. La convergencia de la oposición callejera, en desafío abierto a la policía, las redes de apoyo y la organización popular, y una posible escalada del conflicto, representan un indicador crucial de nuestras tareas futuras.
Quienes vivieron los acontecimientos del 31 en la plaza, quienes se dan cuenta del estado del mundo en el que viven y del alcance del desastre que se está desarrollando, saben que no pueden esperar nada de las alianzas políticas institucionales, las protecciones legales o los cambios de opinión. Solo creyendo de todo corazón en el impacto del levantamiento, en las amistades que se forjan allí, en la posibilidad de que se transforme en una fuerza revolucionaria, podremos hacernos inmunes a la epidemia de estupidez y cinismo que parece haber infectado a nuestros contemporáneos.
«…frente a esta fachada de mármol, si seguimos picando en ella, tal vez encontremos una veta de oro. Tal vez esta sea la revolución».
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Ver también en castellano en A este lado del Mediterráneo:
- «¡Contra el gobierno, la guerra y el ataque a los espacios sociales!»
- Sobre el «policía martilleado» en la manifestación por el Askatasuna
Traducción: A Planeta
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«Maranza» es un término despectivo para referirse a grupos demográficos racializados, con una connotación criminalizadora y generacional (a menudo se refiere al grupo demográfico marroquí del que deriva el nombre, pero no solo), muy utilizado en periodismo. En el contexto italiano, evoca una amplia gama de significados, que implican incompatibilidad y conflicto con el orden existente. ↩


